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Su amor duró 73 años, murieron en Medellín con 11 horas de diferencia

Nunca se llamaron por sus nombres de pila: hasta el último día de los 26.645 que pasaron juntos, ella le dijo Rey y él le dijo Reina. Incluso muchos pensaban que esos, Rey y Reina, eran sus nombres.

Evelio Correa y Estrella Ghisays estuvieron casados por 66 años, más los siete que fueron novios antes de que él le propusiera matrimonio -y enamorados a la antigua, con cartas escritas a mano y visitas en la sala de la casa-. Su amor perduró 73 años y sólo lo separó la muerte, cuando se lo llevó a él, a las 12:30 de la madrugada del lunes 13 de noviembre, y luego a ella, a las 11 de la mañana de ese mismo día. Los velaron juntos en la sala de Capillas de San Juan, los cremaron juntos en Montesacro y luego juntaron sus cenizas para guardarlas en un osario donde sus restos mortales descansarán juntos en la eternidad.

Rey y Reina se conocieron en Montería en 1945. Estrella era hija de dos migrantes libaneses que se habían asentado en un pueblo llamado Calamar, a orillas del río Magdalena, en el departamento de Bolívar.

Por esos días, Estrella estaba de visita donde una amiga que vivía en la capital de Córdoba. Evelio, un antioqueño de Valdivia que trabajaba como agente viajero de Peldar y se la pasaba recorriendo las calles de Montería en una bicicleta, no le quitó los ojos de encima desde que la vio por primera vez.

Una tarde calurosa y sin brisa -como casi todas las tardes de Montería-, un incendio consumió la plaza de mercado del pueblo. Los monterianos corrieron a ver el poder de las llamas y a lamentar las pérdidas de los comerciantes, mientras los bomberos hacían su trabajo. Ahí estaba Estrella, mirando cómo el fuego devoraba las paredes de bahareque y reducía a cenizas los lulos y los ñames, y ahí estaba Evelio, mirando a Estrella mientras sentía que el fuego le recorría las venas y que el que se estaba incendiando era él, y no la plaza de mercado. El paisa se llenó de valor y le habló a la costeña, probablemente sin saber que esa mujer sería la Reina de su vida.

Ya dijimos que duraron siete años de novios y que como Evelio viajaba por su trabajo en Peldar, sostuvieron su romance a punta de cartas -las mismas cartas que Estrella rompió muerta de la ira una vez que tuvieron una pelea, cuando vivían en Barranquilla. Porque ningún amor, por grande que sea, está libre de las dificultades de la convivencia y los vaivenes de las emociones-.

Se casaron el 20 de diciembre de 1951 en la Ermita El Cabrero de Cartagena, y solo porque el cura aceptó hacerles los cuartos: Estrella era cinco años mayor que Evelio y en este tiempo estaba mal visto que la mujer fuera más vieja que su marido. Lo resolvieron alterando la fecha de nacimiento en la partida de bautismo de la novia.

El matrimonio Correa Ghisays vivió como nómada durante mucho tiempo -herencia, tal vez, de la sangre libanesa que llevaba ella y las costumbres de arriero que le enseñaron a él-. Estuvieron en Barranquilla, en Cartagena -luego en Barranquilla y otra vez en Cartagena-, en Manizales y en Medellín, donde se radicaron definitivamente en 1976.

Tuvieron siete hijos -cuatro hombres y tres mujeres-, que les dieron diez nietos y cuatro bisnietos. Evelio administró una funeraria, trabajó en una multinacional de partes eléctricas y viajó por todo el país dictando conferencias de autoayuda para vendedores antes de que el coaching, El Secreto y Walter Riso estuviera de moda.

Sin embargo, lo que les dio de comer los últimos 30 años fue una idea de Estrella, que empezó bordando de a siete camisas semanales y terminó dirigiendo un negocio con más de 200 bordadoras en toda la ciudad, cuyos productos se vendían muy bien en la frontera con Venezuela -en la época en que Venezuela lideraba la economía de la región-. En esas tres décadas, el Rey y la Reina no se separaron un sólo día.

Evelio Correa Ghisays, uno de los hijos del matrimonio, recuerda que sus papás no eran los más cariñosos del mundo, pero sí eran inseparables. Ella era una mujer tranquila, amante de la cocina -como buena costeña- y dedicada al hogar. A él le gustaba ver televisión y salir a caminar por Santa Mónica, un barrio del occidente de Medellín donde pasaron las últimas décadas de su vida.

ELCOLOMBIANO