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Jóvenes de Medellín prefieren la tv y el celular a las calles

Más que una selva de cemento, la calle es el espacio encantador. “Es el mejor lugar para educarse”, afirma Alejandro de Bedout, secretario de la Juventud de Medellín; y es, para muchos, la mejor universidad, porque es la de la vida.

Dice un estudio de la Alcaldía que, en promedio, un joven solo se mueve 2,5 kilómetros del lugar donde vive, y la ciudad tiene 382 km2.

Es decir, los jóvenes de Medellín no conocen su territorio y, por esta razón, desde la Secretaría de la Juventud se emprendió este año el programa Callejear educa, que quiere invitar a esta población a recorrer más el lugar donde viven, sus barrios y comunas, pues no se podrá transformar un territorio al que se desconoce.

Nos preocupa que los jóvenes, prácticamente, desconocen la ciudad, se quedaron encerrados en burbujas, en el mismo espacio donde estudian, viven o trabajan, y se están perdiendo todas las maravillas que tiene Medellín, desde su infraestructura, hasta su historia y sus riquezas ambientales”, señala De Bedout, quien se atreve a decir que incluso recorren más la ciudad los turistas que los mismos ciudadanos que la habitan.

Lo que más inquieta a las autoridades, sobre todo a las que piensan a largo plazo, en la planeación del futuro, es la poca interrelación entre las personas que ocasiona esta ausencia de recorridos.

“Los jóvenes se quedaron metidos en sus mundos digitales, viendo televisión y viviendo en un mundo de desafecto, lo cual buscan suplir cuando ingresan a las bandas delincuenciales, donde encuentran protección o cariño”, lo que es, a todas luces, una falacia para explotarlos y convertirlos en carne de cañón, pues su destino siempre será un camposanto o una cárcel.

Ellos, los jóvenes, lo saben

Para quebrar esta estadística tan baja, el proyecto Callejear educa seleccionó, en su primera fase (que arrancó este año) a 660 jóvenes con los que programó recorridos por distintos sitios, algunos de ellos en los barrios y comunas de la periferia, y otros escenarios de interés turístico, como el Centro y sus museos, parques, iglesias y edificios.

En total, cada muchacho recorrió dos territorios durante cuatro horas cada uno, en los que, además de conocer desde la observación, también interactuó con pobladores de esas zonas.

Tan real es el diagnóstico de la Alcaldía, que Estefanía Aguirre, una joven de 20 años y quien reside hace 15 en el barrio Boston, a cinco cuadras del Centro, reconoce que es muy poco lo que sabe de allí.

“Aunque no vivo encerrada, no había salido tanto, porque siempre hay temor, por las advertencias de los padres de uno, de que de pronto me meta a lugares inadecuados o tropiece con las personas indebidas”, subraya Estefanía, quien hizo sus recorridos precisamente por la zona céntrica, la comuna 13 y algunos cementerios de la capital antioqueña.

“Estudio comunicación social y esto cambió mi visión. No tenía ni idea de que junto al cementerio Universal hay otro judío y un lugar para enterrar a las personas NN”, señala esta joven, que se enamoró del verbo callejear y será una motivadora para que otras personas lo hagan.

“Es como paradójico, pero uno tiene mirada de extranjero en su patria; se rompen los paradigmas cuando uno recorre la ciudad y ve que no hay porqué sentir temores”, advierte ella.

Natalia Maldonado, de 18 años y residente en el barrio Estadio, a tres minutos del Centro, admite que no conocía el Museo de Antioquia y mucho menos Manrique, barrio que visitó en las caminatas.

“Allí nos llevaron a una casa de arte y me pareció increíble, igual que San Cristóbal, donde compartí con los campesinos y les oí sus historias”, apunta Natalia, que invita a los demás jóvenes de Medellín a salir de sus zonas y enamorarse de las historias.

El proyecto Callejear educa sostiene que “la calle es un lugar abierto al conocimiento, donde la física se practica al descender por una calle empinada; las matemáticas se usan para calcular el ahorro cuando se paga el pasaje en transporte público, y la geografía se aprende cuando se ubican los 7 cerros tutelares”.

Carlos Iral, joven con autismo, cuenta que lo llevaron a Altavista y quedó enamorado de este corregimiento: “Conozco casi toda la ciudad, solo me falta Palmitas, y no hay nada mejor que recorrerla caminando”, señala.

Los trayectos fueron guiados por gestores educativos ligados a la cultura, el arte y la historia. Hubo alianzas con fundaciones e instituciones públicas y privadas.

“Fue una experiencia maravillosa mostrarles a los muchachos lo que hacemos por la cultura desde hace 40 años”, señala Claudia Villegas López, jefe Cultural del Banco de la República, uno de los aliados del proyecto junto al Teatro Pablo Tobón Uribe.

ELCOLOMBIANO