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Los jóvenes que desde las laderas reconstruyen Medellín

Para dar con ellos hay que subir. Hay que moverse por calles estrechas, esquivar buses y perros, hasta donde muchas veces solo se puede llegar a pie.

Si se asoman por las ventanas de sus casas de tablas o ladrillo resquebrajado, se encuentran con el valle gris del que tanto hablan las noticias: “Una estudiante de colegio es apuñalada por sus compañeras”, “Un ataque sicarial deja tres adolescentes muertos”, “Ya van más de cuarenta cadáveres embolsados en Medellín”.

Ellos conocen bien lo que pasa en su ciudad. Han visto a sus amigos abandonar sus casas por miedo y no volver, irse con grupos armados o, incluso, morir. Pero esa ladera por la que se asoman es la que quieren transformar todos los días a través del trabajo comunitario. “Son flores en medio del fango”. Así les dijeron alguna vez.

Jhon, Lorena, Wendy, Ghido, Juliana y Susana lideran movimientos, clubes y talleres que hacen que los adolescentes y niños de los barrios lean, rapeen, siembren, tomen fotos, hagan empanadas o bolsos para vender, guíen recorridos por sus barrios y velen para que su comunidad permanezca en armonía.

Medellín está llena de estos jóvenes, que creen en la dignidad de sus barrios, en la buena energía de su gente, en la posibilidad de explorar con libertad su entorno y de redescubrirse juntos.