Urabà

La bióloga que quiere proteger a los delfines de Urabá con un “crowdfunding”

A María Camila Rosso ni las náuseas de un embarazo de seis meses la alejaron del mar. Con una panza grande se subió a una pequeña avioneta para monitorear delfines en las costas del Caribe colombiano. Durante el primer sobrevuelo, que duró tres horas, vomitó cinco veces. Esa fue la señal de que, al menos por un tiempo, debía dejar de emprender viajes que la devolvían, siempre, hacia el mar.

Hoy se prepara para internarse en una esquina de Brasil en donde el océano Atlántico se lanza hacia la tierra en tres bahías que, como tenazas, envuelven al río Paranaguá. Allá, en el Complejo Estuarino de Paranaguá, estudiará una de las dos especies de delfines marinos que son el eje central de su tesis doctoral en la Universidad de Antioquia. Su trabajo es a la vez el proyecto más ambicioso que se haya hecho en Colombia para estudiar las dos especies de delfines marinos del golfo de Urabá: el delfín gris y el delfín botella.

Sobre estos animales sólo existe una tesis de pregrado, firmada por la bióloga Jéssica Patiño en 2011. Lo demás son monitoreos, avistamientos y datos dispersos que jamás han sido publicados.

La falta de datos se extiende a ambos mares colombianos: de acuerdo con el Sistema de Información Marina de Colombia (SIAM), en las aguas saladas colombianas se mueven 17 especies de delfines. Pero eso es todo. Según explica Fernando Trujillo, director de la Fundación Omacha y asesor de la tesis doctoral de Rosso, “el problema de estudiar estos delfines es que están en aguas profundas, en mar abierto. Estudiar su presencia en Urabá es apropiarnos de su entorno marino y conocer el estado de salud de este golfo, donde además hemos visto manatíes y nutrias”.

Precisamente para entender mejor el universo de los delfines de Urabá, Rosso viajará al Complejo Estuarino de Paranaguá, un ecosistema similar al golfo colombiano, pero que sí está ampliamente estudiado. Allá se quedará, con su hijo de dos años y medio, durante tres meses.

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En 2015, Camila Rosso no conocía el golfo de Urabá. Antes de graduarse como bióloga marina ya conocía las aguas bravas de Cartagena y Santa Marta y había pasado una temporada estudiando ballenas y delfines en la isla Margarita (Venezuela). Al terminar el pregrado en la Universidad Jorge Tadeo Lozano empezó a trabajar con una empresa de servicios petroleros, donde le dieron tres meses para redactar los estudios de impacto ambiental de tres bloques de exploración petrolera offshore del país. Fue entonces cuando se chocó con una realidad a la que se enfrentan los investigadores del mar colombiano: no hay datos.

“Colombia nunca se ha considerado un país de mar. No tenemos grandes leyendas, ni relatos del mar. De las aguas dulces, los ríos, estamos llenos”, dice. Como pudo, redactó los estudios, pero una desazón se le instaló en el cuerpo. Por eso renunció y empezó a trabajar con la Fundación Omacha, con quienes aprendió cada trazo azul de la cuenca del río Apaporis. En 2015, por una ballena atascada en la playa urabaense, Rosso conoció el lugar en el que hoy vive con su hijo.

Tras el varamiento, Corpourabá y la Universidad de Antioquia se contactaron con Omacha para que ayudara a crear una red de varamientos regional. “Fuimos Fernando Trujillo, Alexandra Gartner y yo a dictar un curso sobre mamíferos acuáticos. La región me atrapó”, dice Rosso. “Para un biólogo es un mosaico de ecosistemas increíbles”.

El golfo de Urabá es un ecosistema único. Mientras al oriente de sus 1.800 kilómetros las aguas son turbias y cubiertas en 5.000 hectáreas por manglar, al occidente se levantan arrecifes de coral y pastos marinos bajo aguas cristalinas. Por si fuera poco existe una diversidad cultural y un sentido comunitario entre afros, colonos, chocoanos e indígenas allí asentados. “Es como un cuento de piratas donde hay buenos, malos y regulares”, dice Rosso.

Un déjà vu terminó de impulsarla hacia el golfo. Cuando empezó a conocer la región se anunció la construcción de tres megapuertos marítimos en esa pequeña bahía. Su cabeza rebotaba entre esa noticia y el recuerdo de las explotaciones petroleras, cuyos impactos se midieron con información escasísima. Decidió entonces que ella sería la primera en recoger, al menos en el escenario de la ciencia, los datos necesarios para gestionar mejor el golfo.

Para entonces, su hijo ya había nacido. Eso no la frenó. Dice que sí, que ser mamá y proveedora y científica le complicó la vida. Pero no por ella, “sino porque este sistema en que vivimos no está diseñado para que las mamás seamos productivas y cuidadoras al mismo tiempo, sino para que metamos a los hijos a una guardería”. Ella no lo metió en una guardería: lo resguardó en un fular contra su pecho y siguió viajando.

En sus primeras visitas a Urabá, Camila Rosso le propuso a la gente su proyecto. “Así conseguimos la ayuda de Guardacostas, Caribe S.A.S. y Corpourabá. Yo decidí expandir ese método colaborativo de trabajo más allá de las fronteras de Urabá”, cuenta. Lo hizo a través de un crowdfunding con el que espera recoger 30 de los $100 millones que necesita para su investigación.

A la campaña todavía le faltan 34 días y ya ha recogido el 16 %. Se pueden donar desde $25.000, y a partir de los $150.000 el donante puede adoptar un delfín en el golfo, al cual puede ponerle un nombre y del cual podrá saber cada dos meses qué está haciendo, dónde y en compañía de qué otros delfines. Para Rosso, esta no es sólo una forma de divulgar la ciencia que se internará a hacer durante un año en el golfo, sino también “una forma de involucrar a mucha gente. Si eres el padrino de un delfín en el golfo, pues te va a preocupar qué impactos hay sobre él, qué presiones podrían ponerlo en riesgo”.

Por ahora, Camila Rosso y su hijo empacan maletas para partir a Brasil. En julio regresarán a Necoclí, donde cada noche irán a los ensayos de música y bullerengue en la Casa de la Cultura. Si bien Camila no conocía esos sonidos afrocolombianos, su hijo toca el tambor cada vez que los escucha.

En el día, mientras la bióloga salga en lanchas para contar y registrar delfines, su hijo jugará en el pueblo con niños de todas las edades, acompañado por su abuela. Camila Rosso espera que el proyecto les muestre a las comunidades del golfo el verdadero valor de su territorio. Que terminen apropiándose, también de forma colectiva, de los datos que ella recoja.

Fuente: blogs.elespectador.com