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El ‘desarrollo’ se impone de espaldas al Pacífico

“¿Cuál es la posición del Pacífico frente al resto del país?”, pregunta Gerardo Bazán Orobio, antropólogo y representante de un Concejo Comunitario en uno de los ríos de Guapí. “No entendemos cómo se construye un país de espaldas a sus costas. No entendemos cómo una cumbre del Pacífico se hace en Cartagena”.

Es viernes 1 de marzo de 2019 y el auditorio aplaude. El auditorio es un galpón larguísimo en una sede de la diócesis de Buenaventura donde se lleva a cabo el foro “¿Cómo va el Pacífico en el Plan de Desarrollo del Gobierno Duque?”. El auditorio está lleno por un centenar de representantes de organizaciones afrocolombianas y raizales de distintos lugares del litoral: vienen de Chocó, del Cauca, de Nariño, de acá mismo de Buenaventura. El auditorio cuenta además con la presencia de los congresistas Alexánder López y Luis Alberto Albán, y un enviado del Departamento Nacional de Planeación: Santiago Arroyo.

El auditorio, finalmente, sonríe divertido cuando Gerardo Bazán recuerda que en 2014 con motivo de la cumbre de la Alianza del Pacífico, la organización multilateral que reúne a los estados de México, Colombia, Perú y Chile, una ministra aseguró que Cartagena, la sede de la cumbre, también hacía parte de la región Pacífica. Aquello era todo un símbolo: ni siquiera para esa cumbre que buscaba la integración de las mayores economías latinoamericanas sobre el litoral se tomaba a la región como protagonista; las grandes decisiones se pactaban –se siguen pactando– de espaldas al Pacífico real y sus gentes.

“[Gustavo] Petro fue un síntoma”, dice Gerardo Bazán a propósito de las elevadas votaciones que obtuvo el candidato de la Colombia Humana en Nariño, Cauca, Valle y Chocó. El apoyo al candidato presidencial Gustavo Petro fue masivo especialmente en las zonas del litoral habitadas por comunidades indígenas y afrocolombianas, donde los índices de pobreza y abandono se convierten también en los más altos del país. Ahí hay otro símbolo, el reverso del anterior: un Pacífico marginal, que grita y se moviliza, que pide el cambio.

“Aparecemos en el mapa mundial cuando dicen que el Pacífico es el mar del futuro”, asegura el sacerdote y líder social de Buenaventura John Reina. “Ahí está nuestro futuro, pero también nuestra desgracia”. Y es que los contrastes son tan obvios, que obligan a las eternas comparaciones: el desempleo en Buenaventura, la principal ciudad sobre el litoral, alcanza un escandaloso 18% que duplica la media nacional de 9%. Aunque los cinco modernísimos puertos de la ciudad aportaron impuestos por más de seis billones de pesos al fisco nacional, alrededor de un tercio de los habitantes no tiene servicios de agua y alcantarillado, el analfabetismo alcanza un vergonzoso 17% y la ciudad aún no cuenta con un hospital de tercer nivel.

Lo demás es profundizar en el viejo tópico: el litoral Pacífico, junto al departamento de La Guajira, concentra los índices más graves de pobreza del país. El Plan de Desarrollo que Iván Duque presentó al Congreso de la República para su aprobación reconoce esto y aporta algunas cifras elocuentes: la región registra los peores índices en déficit cuantitativo de vivienda, la pobreza estructural alcanza un 58,7%, en Chocó, el más pobre de los departamentos, donde es 2,4 veces más alta que el promedio nacional de 26%. No obstante, Cauca (48,7 %) y Nariño (40,2 %) también presentan niveles de pobreza muy superiores al promedio nacional. Desde hace años las tasas de homicidios en ciudades de la región como Tumaco, Quibdó y Buenaventura bordean los cien asesinatos por cada cien mil habitantes, por encima del promedio del país.

“Lo único que pedimos es que no nos dejen fuera del desarrollo”, dice el sacerdote John Reina y remata con un silogismo que funciona para Buenaventura pero también para toda la región: “Hablamos del puerto, pero no hablamos de la ciudad. Importa el dinero, no la gente”.

Santiago Arroyo, representante del Departamento de Planeación Nacional, debe explicar las minucias del nuevo plan a los asistentes. La suya será una tarea ingrata: él viene a dar la cara por un Estado que casi nunca aparece y tendrá que escuchar, otra vez, aquel conocido memorial de agravios.

Arroyo empieza con los tecnicismos y el lenguaje denso de los burócratas, pero hay algo que todos entienden: la comparación entre ciudades y regiones con estándares internacionales. En agua, por ejemplo, Valle del Cauca es como Noruega pero el Chocó tiene los índices similares a los de El Salvador. En mortalidad infantil Cali registra estándares de Uruguay, un país referente en América Latina, mientras que las cifras de Buenaventura se parecen a las de Irak. Y así sucesivamente: la brecha es inmensa aunque en teoría la región Pacífica los cobija a todos.

Después Arroyo habla de las bondades de los últimos años: la clase media aumentó en el país, la pobreza extrema disminuyó. Pero hay un segmento que se mantuvo estable en el 1% y que Arroyo prefiere no explicar. No necesita explicarlo, ahí mismo en la gráfica se aclara que son los ricos, siguen siendo los mismos de siempre.

El borrador del Plan de Desarrollo de Duque reconoce que hay dos Pacíficos: uno junto al océano y la selva, habitado principalmente por comunidades étnicas, sin vías de comunicación, sin servicios, sin infraestructura. Y otro que podría llamarse el Pacífico interior, es decir, esa subregión que abarca parte de la zona andina y de la cuenca del río Cauca, separada del océano por la cordillera occidental. En este Pacífico sin Pacífico se encuentran ciudades como Cali, Tuluá, Pereira, Popayán o Pasto, hay grandes industrias y terminales de logística, hay una eficaz red de carreteras, hay empresas y polos de desarrollo que miran hacia el otro lado de la montaña, allá donde está el mar y el puerto, concibiendo el litoral como un enclave de paso para las 17 millones de toneladas de mercancía que circulan anualmente, un enclave del que se extrae riqueza sin invertir mucho en él: arquetipo neocolonial de un país que se saquea a sí mismo, que discrimina y margina a regiones completa. “La zona andina cobija la mayoría de los nodos de desarrollo de la región”, sentencia el documento del Plan de Desarrollo. O dicho de otra manera: el desarrollo del Pacífico está en la zona andina, no en el Pacífico. El plan contempla un capítulo especial para la región Pacífica con proyectos jugosos para el gran capital: una planta regasificadora, un corredor férreo, ampliaciones de los puertos y aeropuertos. Cuando el plan habla de las necesidades de la gente no dice nada que no se haya pactado antes en los acuerdos de las movilizaciones y paros cívicos: construir las vías que no se han hecho, los acueductos que no existen, el hospital, las escuelas, la electrificación rural… ¿Cómo hacerlo si no se contempla la financiación? Al contrario, el nuevo Plan de Desarrollo recentraliza buena parte de los recursos que antes eran manejados por entidades territoriales.

Santiago Arroyo prosigue con su discurso aprendido en las facultades de economía, repleto de las mismas palabras repiten los tecnócratas iguales a mantras sagrados. Cluster, cadenas de valor, encadenamientos productivos… Un credo infalible, un discurso vacío que acá, cerca al puente del Piñal donde los barcos de cabotaje descargan madera aserrada, se oye como si fuera pronunciado en chino. De pronto un joven indígena toma la palabra en su castellano atropellado: “Por un lado usted nos habla de un puerto de logística, pero nosotros estamos hablando es de vida digna, estamos hablando lenguajes diferentes”.

“Hay dos visiones del Pacífico. Una se ha impuesto a través de la legalidad, del Estado, de la violencia y la fuerza bruta. Y la otra ha resistido. Para nosotros es bienestar colectivo más que desarrollo,” me aclara Leila Arroyo, líder social del Proceso de Comunidades Negras. “A las comunidades nos leen por necesidades, y nosotros no somos un cúmulo de necesidades. Nosotros somos unos sujetos colectivos que tenemos una mirada del mundo, tenemos proyecciones, tenemos aspiraciones a partir de lo que hemos sido y queremos seguir siendo. Tenemos que garantizar que el desarrollo del Pacífico conserve los espacios territoriales, porque para nosotros el territorio es un espacio de vida, no es una mercancía, y si no hay territorio no hay condiciones para la vida digna, por eso estamos hoy con la crisis del cambio climático. Tenemos que garantizar que las prácticas culturales y ancestrales permanezcan junto a los procesos de innovación tecnológica”.

La entrada a Buenaventura es igual que siempre: un viaje por ese remedo de autopista que ajusta medio siglo esperando la doble calzada, la eterna romería de mulas y camiones, muchos de ellos escoltados por hombres de civil que viajan en carros atrás cuidando los miles de millones adentro del container. Un retén de la Policía con la requisa minuciosa. Otro de la Infantería de Marina veinte kilómetros adelante, con la requisa descuidada. El caos de la ciudad, las motos, las calles estrechas inundadas por el último aguacero y un letrero junto al puente del Piñal que dice que alguien compra aletas de tiburón y buches de merluza. Y muchas casas y lotes en venta: síntoma de que hay una fuerte especulación inmobiliaria, el dinero se mueve.

El puente del Piñal comunica el centro de Buenaventura, sobre la isla, con el resto de barrios en el continente. Fue allí donde ocurrieron las principales movilizaciones y bloqueos en los paros de 2014 y 2017, que convocaron a la región exigiendo acuerdos con el Estado central. “Era como sacudir el árbol desde abajo”, explica el sacerdote John Reina. Diferentes gobiernos han planteado planes para la región Pacífica que se quedan más o menos en lo mismo: burocracia, acuerdos incumplidos.

Desde el Plan Chocó de 1986, el Plan de desarrollo de Buenaventura a través de la Corporación Autónoma del Valle, pasando por el Plan integral de desarrollo de la costa pacífica- PLADEICOP, y los planes Cólera, Pacífico- DNP y BID y la Agenda Pacífico XX. El último de todos fue la Gerencia todos somos Pacífico creada por la presidencia de Juan Manuel Santos, que viabilizó un crédito de 400 millones de dólares para Buenaventura aunque luego se destinaron a todo el litoral (acabaron siendo sólo 80 millones para Buenaventura). La gente cuestiona que el nuevo Plan de Desarrollo no se discutió con las comunidades y fue supuestamente “aprobado” en unos talleres donde se invitaba la gente para la socialización del documento sin tener en cuenta la opinión de nadie, muy al estilo del nuevo presidente Iván Duque.

“Un verdadero pacto es lo que sucedió en Buenaventura en mayo y junio de 2017, gracias a la movilización”, plantea Alexander López, senador por el Polo Democrático, también presente en el evento. “El Pacífico concentra un 17% de la población… entonces no es tan disperso como se dice, los dispersos son los recursos.. ¿Dónde está la pobreza? Ahí donde están los negros, los indios y los campesinos. ¿Eso cómo se llama? Se llama racismo estructural y sistemático ¿Qué es lo estratégico para nosotros? Salud, educación, una universidad, pero ponerle agua, hospital, universidad a los indios y a los negros no genera riqueza”.

 

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