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Otro paso para descontaminar el río Medellín

Casi 60 años y más de seis billones de pesos, según EPM y el Área Metropolitana, ha invertido la región en descontaminar las aguas del río que atraviesa el Valle de Aburrá de sur a norte.

De los casi 100 kilómetros que tiene el afluente —entre su sitio de nacimiento el alto de San Miguel y su punto final en el puente Gabino, Nordeste de Antioquia— apenas tienen niveles aceptables de oxigenación los primeros seis.

Para entender el estado del río hay que tener en cuenta que la calidad del agua se mide tomando como base las escalas ICA (global) e Icacosu (Ideam), que consideran variables como los miligramos de oxígeno disuelto por cada litro (mg/L), el pH, la presencia de bacterias fecales, temperatura y algunos componentes como nitratos y fosfatos.

María del Pilar Restrepo, subdirectora ambiental del Área Metropolitana, explicó que según esos estándares, hay un deterioro progresivo en las aguas a medida que el río avanza por el Aburrá.

“La calidad del agua corresponde a una categoría de ‘buena’ en la parte alta de la cuenca, cuando el río está cercano a su nacimiento (Alto de San Miguel). Desciende a ‘aceptable’ en la estación Primavera, después de que el río recoge algunos vertimientos puntuales y dispersos de la zona rural del municipio Caldas. Y una vez ingresa a su zona urbana, en la estación Ancón Sur, la calidad baja a ‘regular’”, dijo.

Aclaró que entre la planta de Itagüí y el Puente Gabino la calidad desciende a las categorías de “mala” y “muy mala”.

¿Cómo llegamos a eso?

La canalización del río, que se dio a la par del crecimiento industrial entre los años 20 y 60, marca el inicio de la decadencia de las aguas.

En el siglo XIX y hasta principios del XX, “el río jugaba entre meandros y serpenteaba en el valle, hasta que alguien tuvo la idea de amarrarlo como un loco, tarea que sería bastante difícil”, cuenta el escritor Pedro Nel Valencia en su crónica “Mi río”.

La historia recoge narraciones antiguas en las que se habla de un cuerpo de agua cristalino que tenía charcos en Itagüí, Envigado y Bello, a donde iban a pasear las familias. También describe que era navegable desde Sabaneta hasta Medellín, casi todo el año, y que sobre sus aguas viajaban balseros con sombreros y pantalonetas hasta la rodilla.

En 1924 empezaron los ensayos de canalización con materiales sencillos como madera, piedra y cañabrava. Pero la fuerza de la naturaleza y las características del terreno terminaban por arrasar los palos y erosionar el suelo.

En 1941 se hizo el segundo intento de contener al furioso. Valencia cuenta que entonces el tramo entre La Aguacatala y Argos (hoy edificio Bancolombia) pasó de tener 6 a 4 kilómetros de longitud, pues se redujeron las curvas; y en algunas zonas como la actual calle 12 sur, la profundidad del cauce aumentó entre 6 y 10 metros. Pero los esfuerzos fueron en vano y se necesitaron 11 años más para que el ingeniero Barton M. Jones se ideara la solución definitiva: placas de hormigón espesas, con inclinaciones de 33 grados, que aún hoy están en las orillas.

Recuperación

En los 60 terminó la canalización del río y empezó la cruzada por limpiar sus aguas. El río se había vuelto turbio para entonces y los olores extraños lo apartaron de la ciudad: las industrias crecían a las orillas y las casas le daban la espalda al cauce que había sido su vida.

Santiago Ochoa Posada, vicepresidente de Agua y Saneamiento de EPM, explica que la empresa se dio cuenta de que era necesario dejar de arrojar los desperdicios al río y creó una estrategia de mejoramiento del alcantarillado.

En los 70 se construyeron los primeros colectores, una red de tuberías a las que llegaban las aguas residuales de las empresas y fábricas. Y a mediados de los 80 se hizo la primera red de interceptores, que tomaban las aguas de esos colectores y las transportaban de forma paralela al río.

“En esa misma década la empresa construyó una planta piloto de tratamiento de aguas residuales en El Retiro, para aprender qué tecnologías estaban disponibles y seleccionar e implementar la que resultara más eficiente”, contó.

Veinte años después, en el 2000, se inauguró la planta de San Fernando, en Itagüí, donde se tratan 1,3 metros cúbicos por segundo de agua (m3/s) en dos procesos.

El primario que es físico y mecánico, retira los elementos flotantes y arena. El secundario usa bacterias anaeróbicas, para una biodigestión que arroja tres subproductos: agua (depurada en 80 % y que regresa al río), biogás que se usa para suplir parte de las necesidades energéticas de la planta; y lodos que se usan como abonos en suelos degradados.

Como resultado, la calidad del agua entre Caldas y hasta el centro de la ciudad mejoró, y los olores fétidos que emanaba el río en los días calurosos disminuyeron.

Ciudadanos como Virgelina Gómez lo notaron. “Me acuerdo que en los primeros años de operación del metro me preguntaba por qué habían construido las estaciones al lado del río, si olía tan mal. Luego supe que era necesario volver al río para salvarlo”, contó esta docente jubilada.

Los avances

De forma simultánea se creó el Plan Quebradas, donde hay 19 microcuencas priorizadas para intervenir de forma integral; es decir, tomando en cuenta factores como saneamiento básico, protección de ecosistemas, cultura y educación ambiental. En este último, el reto es vincular a la ciudadanía para que no use los cauces como botaderos de basura, colchones y escombros.

A pesar de todos esos esfuerzos, con trabajo de entidades públicas y empresas privadas, la Subdirectora ambiental del Área Metropolitana reconoció que el estado actual del río responde al de “un cuerpo de agua urbano que recibe y evacúa las aguas residuales domésticas e industriales de los 10 municipios que integran el Valle de Aburrá”; es decir, aún no es un afluente que pueda considerarse limpio.

Para que esa situación cambie, dijo el vocero de EPM, se trabaja en la ampliación de la planta San Fernando (subirá su capacidad de 1,3 m3/s. a 1,8, es decir, 500 litros por segundo). Y ayer entró en operación de la planta Aguas Claras, que procesa el agua del centro y norte de Medellín y Bello, con una capacidad de 5 m3/s., o 5.000 litros (ver recuadro).

Los retos

Aún hacen falta otros detalles por controlar. Por ejemplo, según Ochoa, no todas las casas vierten sus aguas en las redes oficiales y por eso algunos residuos terminan escurriendo en quebradas y luego en el río.

“Quedan pendientes unas 22.000 viviendas del Aburrá que no están conectadas al sistema de alcantarillado, porque son irregulares (barrios en zona de alto riesgo no mitigable o de invasión)”, manifestó y aclaró que mientras esas barriadas no regulen su situación, la ley les impide prestar servicios.

Y aún cuando se logre concretar la limpieza de las aguas, el imaginario de un río para pescar seguirá siendo lejano, pues la velocidad que hoy tiene la corriente es tal que ninguna especie animal (pez) podría vivir en esas condiciones.

Es que con la operación conjunta de las plantas de Bello e Itagüí, EPM espera elevar el nivel de oxígeno disuelto en el río a un promedio de 5 miligramos por litro (mg/l). El valor mínimo de oxígeno disuelto que representa condiciones adecuadas para la supervivencia de los peces es aproximadamente 4 mg/l, según el decreto 1594 de 1984.

Sin embargo, Ochoa es optimista pues dice que ha visto señales de mejora en los comportamientos de los ciudadanos. Por ejemplo, el consumo promedio de agua en las viviendas pasó de 22 metros cúbicos por mes, a solo 13, en las 1,2 millones de instalaciones de acueducto que tiene EPM.

“La gente está volviendo al río. Los alumbrados se hacen allá (aunque están interrumpidos por la construcción de Parques del Río), se han llevado eventos como el Desfile de Silleteros, y la gente está comprometida con denunciar a quienes hacen vertimientos irregulares”, agregó Ochoa y apuntó que gracias a esas conciencia ambiental, el sueño de descontaminar del río no será un logro de la ingeniería, sino de toda la sociedad .

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