Urabà

¿Qué debe hacer Medellín para romper la herencia del narcotráfico?

Después de que Medellín alcanzara su esplendor industrial en los 60, el castillo de naipes se derrumbó y llegó el tiempo de la debacle, la época más oscura de la historia por cuenta de la guerra contra los carteles de la droga.

A propósito, ayer en el foro #MedellínEsMás que narcotráfico, organizado por EL COLOMBIANO, se debatió la pregunta de cómo desligarnos, de forma definitiva, de la cadena que aún nos ata al imperio de la ilegalidad, el mismo que hizo escombros y alteró los valores del pueblo montañés que había vencido el aislamiento del resto del país y la compleja topografía.

Esa gesta la había descrito el oidor Real Juan Antonio Mon y Velarde (1747-1791), quien afirmó que la extrema pobreza en la que emergió el pueblo antioqueño le había impuesto hábitos de economía, de orden y frugalidad, indispensables para enriquecer una comunidad.

El escritor bogotano Álvaro Mutis dijo en el 70, por su parte, que Antioquia ha tenido en Colombia la capacidad de alcanzar las más grandes cimas, pero también ha debido conocer los más grandes fracasos, en síntesis, una cultura preocupada por las victorias como elemento que plantea la exigencia permanente de su vida.

El punto de quiebre

El historiador Jorge Orlando Melo contó que Medellín fue una ciudad tranquila desde la época colonial hasta los 50, vista como un paraíso porque era un pueblo más de comerciantes que de propietarios.

Incluso, en esa primera mitad del siglo XX se puso en marcha la idea de modernizar la ciudad con la implementación de los servicios públicos, la creación de barrios para los obreros y de un tranvía eléctrico para transportarlos.

Para Anacristina Aristizábal Uribe, periodista y autora del libro “Medellín a oscuras, ética antioqueña y narcotráfico”, además de la llegada masiva de desplazados del campo, que no tuvieron atención del Estado, también jugó en contra la caída de la industrias en los 70 y una crisis religiosa porque el discurso desde los púlpitos empezó a sonar vacío. “En ese campo emergió el tráfico de drogas. El dinero se convirtió en un fin”, acotó.

Citó al sociólogo Alberto Mayor Mora que en 1984 escribió: “No solo parecen haberse agotado sus minas, comercio e industrias, sino su parte más preciada de la herencia: su moralidad”.

Romper la rueda

El pico del desangre fue 1991, cuando Medellín registró 7.273 asesinatos, una tasa de 266 homicidios por cada 100.000 habitantes, lo que la situó como la ciudad más violenta del mundo. La capital antioqueña sufrió transformaciones y logró bajar el número de muertes violentas (la tasa de asesinatos proyectada para 2019 es 22,68) pero los ponentes coincidieron en que los problemas siguen latentes.

Gilmer Mesa, filósofo y autor del libro “La cuadra”, dijo que tenemos que “darnos la pela” por las discusiones pendientes en nuestra sociedad. “Nos volvemos a hacer la pregunta porque la falta de oportunidades no se ha superado y los problemas de los 80 y 90 siguen vigentes. La discusión debe darse sobre la ilegalidad”.

El alcalde Federico Gutiérrez Zuluaga reconoció que todavía persisten problemas que se gestaron durante décadas de ilegalidad. “Debemos volver a la esencia, a la familia, a la educación y a las oportunidades para los jóvenes. Medellín ha evolucionado en lo físico pero, ¿qué tanto nos hemos transformado de puertas para adentro?”, cuestionó.

Mencionó que en el Aburrá se asienta el 43% de los Grupos Delincuenciales Organizados del país y que hoy hay más droga de la que había en los 80. “En todas las sociedades hay gente que actuó mal, no creo que tengamos ADN de maldad, somos más los ciudadanos honestos”, anotó.

Martha Ortiz, directora de EL COLOMBIANO, expresó que “para resolver los problemas hay que diagnosticarlos. Por difícil que sea, es un deber de cada uno hacerlo. ¿Cómo convencer a toda la sociedad de que el cambio es necesario? Porque es conveniente encontrar otras salidas”, citando a Leoluca Orlando, alcalde que combatió la mafia siciliana de Palermo (Italia).

El papel de las víctimas

La persecución de los violentos a la justicia y el periodismo también fueron parte de la conversación durante el foro.

La escritora Azucena Liévano recordó que, como ella, los reporteros se enfrentaron al flagelo del secuestro, lo cual frustró el deseo por entregar noticias, o se hacía con temor.

“Sin embargo, creo que no se apagaron las ganas de hacer nuestro trabajo y con todo lo vivido, ahora se trata de pasar la página sin olvidar”, dijo.

Desde la reportería de calle, Carlos Mario Correa, quien enfrentó al poder del narcotráfico escondido durante sus tiempos de corresponsal de El Espectador, también indicó que, aunque nunca se detuvo en su trabajo, sintió que la violencia obligó al periodismo a minimizarse y ocultarse para blindarse del hostigamiento criminal.

Medellín vivió una época en la que los reporteros fueron testigos, espectadores y redactores de la barbarie. “Creo que una de las lecciones que nos dejó ese periodo es que debemos buscar un lenguaje diferente para las nuevas generaciones, que a través de las palabras se maneje un tono que no dé impunidad a quienes nos hicieron y nos hacen tanto daño”, expresó.

Carlos Mario Zuluaga Valencia, hijo del magistrado Gustavo Zuluaga Serna, indicó que la justicia también fue silenciada cuando destapó la fechada que mantenían los narcotraficantes, como en el caso de su padre con el auto de detención a Escobar.

“La cultura de los antivalores son la bitácora con la que actúan los negocios ilegales, y a esos debemos enfrentarlos sin claudicar”, sentenció.

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